Los límites del género

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El género es una construcción social creada por el patriarcado para oprimir a las mujeres y dar poder a los hombres sobre ellas. Esta construcción social se presenta en forma de roles diferenciados en ámbitos muy diversos y, básicamente, define cuál va ser nuestro papel en la sociedad según seamos hombres o mujeres. De esta manera, la sociedad espera que un hombre tenga unos gustos, una actitud y un carácter diferentes a los que se consideran apropiados para una mujer. Por ejemplo, respecto a la imagen personal, las exigencias de la feminidad exigen que las mujeres nos preocupemos mucho más por nuestro aspecto, pelo, maquillaje, o ropa, lo que nos ata, además, a unos estrictos cánones de belleza; los hombres, por su parte, pueden permitirse una mayor libertad en ese aspecto. En cuanto al sexo (en un contexto heterosexual, ya que este es otro de los pilares del patriarcado), se asume que los hombres deben tener un papel activo y pueden satisfacer libremente sus deseos, mientras que la libertad sexual de las mujeres  está muy restringida y condicionada. Podríamos continuar enumerando uno tras otro todos los ámbitos de nuestra vida, tanto públicos como privados, y comprobaríamos cómo en la mayoría, si no en todos, hay diferencias en lo que se espera de hombres y mujeres.

Los roles de género no solo están presentes en nuestra vida, los tenemos tan interiorizados que también tendemos a trasladarlos cuando construimos mundos ficticios. Sin embargo, esto no justifica que suspendamos el juicio al leer, ver películas o series, y que no podamos criticar ciertas representaciones que normalizan y perpetúan estructuras de poder existentes en la realidad. Hace unos días, hablando con una amiga, también feminista, nos dimos cuenta de hasta qué punto los personajes de ficción que conocemos están condicionados por su género, a pesar de no ser reales. La cuestión es que si cambiamos el género de algunos personajes, también tendremos que cambiar su forma de ser o sus actos para que cuadren con su nuevo género. El tema surgió por el genderbent, una clase de fanfics que consisten en cambiar el género a los personajes. Por ejemplo, hay numerosos genderbent en los que Sherlock Holmes y el doctor Watson son mujeres, la señora Hudson es el señor Hudson, Irene Adler es Ian Adler y así sucesivamente con el resto de personajes. Evidentemente, los cambios no se reducen al nombre, de ser así, el “experimento” literario no tendría ningún sentido; lo interesante de este tipo de fanfics es como sus autores tienden a cambiar a los personajes, sean o no conscientes de la cuestión del género en el sentido feminista.

I just can’t stop drawing them. Help me.
Ilustración Fem!Lock de olgasartblog en Tumblr

Stephenie Meyer trató de hacer su propio genderbent cambiando el género de los personajes de Crepúsculo, lo cual demostró el tremendo sexismo subyacente ya no en esta obra sino también en la original (por si era necesaria alguna prueba). Por poner solo un ejemplo de un suceso que cambia de una novela a otra, en la novela original, la protagonista, Bella, es perseguida por un grupo de chicos que están dispuestos a violarla mientras camina por los callejones oscuros de Seattle. Lo esperable en la versión genderbent sería, entonces, que Beau, alter ego masculino de Bella, fuese acosado por una banda de mujeres. Sin embargo, esto no pasa, esta vez no hay ninguna banda de mujeres ni intentan violar a Beau. Hay mujeres que violan y hombres violados; sin embargo, por lo general, este tipo de violencia la sufren mujeres a manos de hombres. Es una de las muestras de violencia machista más explícitas e históricamente se ha usado para mostrar dominación sobre las mujeres, “corregir” a las no hetero y también como arma de guerra. Dudo que esta reflexión pasase por la mente de Meyer, pero el caso es que algo le dijo que no cuadraba que Beau sufriese un intento de violación por parte de un grupo de mujeres.

Siguiendo con el tema de la violencia sexual, hay un personaje que no puede pasarse por alto: Alex, el protagonista de La naranja mecánica. Con solo quince años (en la novela), el joven Alex está acostumbrado a las drogas, las peleas, los robos, y las violaciones. La sociedad en la que vive está dominada por la violencia de grupos de chicos como él, que aterrorizan a los adultos con sus brutales palizas aleatorias. Yo diría, incluso, que es una sociedad hipermasculinizada en la que los chicos tienen que pelear por ser el más malo, el más machote, el más bruto. La mayoría de las veces que Alex habla de mujeres o interactúa con ellas en la primera parte de la novela (antes de ser arrestado y sometido a la técnica Ludovico), exceptuando a su madre y a mujeres ancianas, no son para él más que objetos sexuales, incluso las droga antes de violarlas. Ahora cabe preguntarnos, ¿cuáles, de todas estas cosas, haría una hipotética Alexandra? No está en nuestro rol como mujeres ser violentas, y mucho menos en el ámbito sexual, así que cuesta imaginar una sociedad dominada por bandas de chicas adolescentes drogadas que muelen a palos al primero que se cruzan. No sería imposible, y mucho menos teniendo en cuenta que es literatura de ciencia-ficción, pero una versión femenina de La naranja mecánica seguramente tendría un mensaje, o una intención diferentes.

De momento solo hablaré de un personaje más, puede que uno de los más conocidos y queridos en la actualidad, Eleven (Once) de Stranger Things. Es una niña con poderes psíquicos muy potentes que ha vivido la mayor parte de su vida recluida en un  laboratorio. Cuando escapa de dicho laboratorio, apenas habla, nunca ha oído la palabra amigo y ni siquiera sabe cómo se lee la hora en un reloj digital. Sin embargo, parece que Eleven tiene perfectamente interiorizado el concepto de la belleza femenina, ya que al ver una foto de otra de las protagonistas, Nancy, la mira y dice “guapa”, una de las pocas palabras que pronuncia. No solo eso, Eleven sabe que tiene que estar guapa, es una de sus preocupaciones (a pesar de que en ese momento la persiguen el gobierno de EEUU y un monstruo de otra dimensión), y sabe que para ser guapa necesita tener el pelo largo, porque eso es lo que dice el canon femenino. Ante esto surgen al menos dos preguntas. La primera es que, teniendo en cuenta que el canon de belleza es algo social, ¿cómo es posible que una niña que ha estado aislada toda su vida, que no sabe ni lo que es un amigo, sí sepa lo que es ser guapa, el valor que tiene ser guapa y las características físicas que necesita para serlo? Y la segunda pregunta es: si Eleven fuese un niño, ¿le daría la misma importancia a ser guapo o a llevar el pelo rapado? Las respuestas a estas dos preguntas se pueden resolver fácilmente volviendo a lo que dije al principio de esta misma entrada: las mujeres tenemos una mayor presión estética y se asume que nos preocupa mucho más nuestro aspecto. Las cuestiones de género, a pesar de ser sociales y culturales, no se tienen en cuenta como tales sino que se asume que somo así porque sí, porque es cosa de mujeres. Por lo tanto, tiene sentido (pero no se justifica, insisto) que los guionistas asuman que Eleven, por el simple hecho de ser una niña, va a estar preocupada por su aspecto físico y va a conocer el canon de belleza aunque no haya vivido en sociedad.

Este mismo ejercicio de reflexión se puede hacer con una gran cantidad de personajes y puede ser interesante como herramienta para quienes escriben y no quieren caer en tópicos sexistas.

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