Dorothy y la Ciudad Amatista

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“Wizard of Oz. When Dorothy and her buddies had to wear green glasses to enter the Emerald City”, Jongmee

Descubrir el feminismo es como llegar a una nueva ciudad. Llegamos a un lugar totalmente nuevo que nos promete infinitas posibilidades. Concretamente, creo que esta nueva ciudad es la Ciudad Esmeralda, el hogar del mítico Mago de Oz. Para entrar en esta ciudad, Dorothy y sus compañeros tienen que ponerse unas gafas con cristales verdes, hechos de esmeralda. En un principio, estas gafas sirven para que no les ciegue el brillo de las piedras preciosas, pero la verdad es que esas piedras no existen, todo es una ilusión creada por las propias gafas, que tiñen de verde la visión de quien mira a través de sus cristales. Pues bien, quien se inicia en el feminismo también debe ponerse unas gafas, esta vez violetas, que también afectan a la visión de quien mira, pero no para maravillar a la portadora de las gafas con un una ilusión, sino para mostrarle la realidad. La realidad que observamos es muchas veces aterradora; la misoginia, el papel secundario al que nos tiene relegadas el patriarcado, los asesinatos, las violaciones… Sin embargo, no todo es tan terrible, las gafas moradas también nos ayudan a ver la sororidad, a encontrar amigas, a renunciar a la idea machista de que somos enemigas las unas de las otras…

No me arrepiento ni un ápice de haber seguido este camino de baldosas amarillas, ni de haberme puesto las gafas, porque es más lo que aprendo cada día, que lo que tengo que desaprender (que son muchas cosas). He tenido a mis hadas buenas del Norte, que me enseñan dónde empieza el camino, he encontrado a leonas aterradas en busca de una salida, a mujeres de hojalata con un corazón roto que desean reparar, y a espantapájaros que no se cansan de aprender. El camino es largo, pero con ellas se hace más ameno. A pesar de esto, hay algo que me diferencia de Dorothy; yo no quiero matar a las brujas, quiero que sepan que no tengo nada contra ellas ni ellas contra mí, pero ambas tenemos el mismo enemigo, un patriarcado que nos caracteriza en buenas y malas, hadas y brujas, deseadas y no deseadas… No, aquí las malas no son las brujas, sino el hombre de detras de la cortina, ese hombrecillo viejo y consumido que basa su poder en la mentira y la manipulación.

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Igual que el camino a la Ciudad Esmeralda, el del feminismo tampoco es fácil. Para recorrerlo hay que estar dispuesta a llevar unos buenos zapatos, no sé si de plata ni si hay que robárselos a una bruja muerta, pero sí unos que te permitan ir a donde quieras. Habrá que correr, habrá que saltar y huir del peligro, y también habrá que tener cuidado con los vastos campos de amapolas adormideras que nos tiende el enemigo para disuadirnos de llegar a enfrentarnos a él.

Y todo esto, ¿por qué? Porque perdemos la ilusión de volver a casa sanas y salvas a casa para transformar la sombría realidad en blanco y negro en el mundo de más allá del arcoiris donde podemos ser libres.

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